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Vocabulario de frontera

Primero de noviembre de 1988. Rondando el día de difuntos se registraron en Tarifa las primeras muertes a causa de la inmigración clandestina. Trece aquel día. Dieciocho mil desde entonces, que se sepa. Ayer, como homenaje, hubo flores en el mar, discursos, minutos de silencio y la emotividad habitual.

La prensa recoge declaraciones aquí y allá: de la Asociación pro Derechos Humanos de Andalucía, que critica que el SIVE obliga a las pateras a elegir rutas más largas y peligrosas; y también de la Guardia Civil, que afirma que el sistema salva vidas pero son necesarios más medios. Sabemos así, por la prensa, que las tácticas de las mafias (qué gran hallazgo, la aplicación a la palabra mafia al problema) se han adaptado a los medios de vigilancia, que utilizan embarcaciones más pequeñas y frágiles, con menos pasajeros, para eludir los sistemas de detección. Más pequeñas, más frágiles aún, para navegar más kilómetros. Qué gran éxito, el SIVE.

Muchas cosas han pasado desde entonces y aquí cada cual las recordará según las viviera. Cómo el pueblo se volcaba a socorrer a los náufragos, porque eso eran aunque llegasen a la orilla con la mayor parte de la patera sobre el agua. Y cómo ese vínculo de solidaridad se rompió al decidir las fuerzas del orden que aquellos chavales ateridos de frío no eran náufragos (víctimas) sino ilegales (delincuentes). Desde entonces, furgones con los cristales cegados y a la isla, al Centro de Internamiento, abandonados barracones militares húmedos y fríos, a dormir en el suelo -con la desinformada y desafortunada colaboración del Defensor del Pueblo Andaluz,  José Chamizo, hay que decirlo-. ¿Qué pasó con los módulos prefabricados que se instalaron junto al puerto para acogerlos, con sus camas secas y su agua caliente? Pues nada, que no cumplían las condiciones de seguridad que la nueva y peligrosa condición de sus ocupantes requería. Lacrimógenas fotos aparte, esa operación cambió por completo la percepción local del problema. Ocultos, inaccesibles, atados o fugitivos, ya no eran seres humanos exhaustos necesitados del café, la manta y el bocadillo que cada cual llevara. Ya no eran los mojaítos, como algunos empezaron a llamarlos. La palabra moro, tan cargada de historia, se fue imponiendo de nuevo.

Luego llegó la presión sobre quienes trataban de ayudar a los supervivientes a alcanzar su destino: Barcelona, Huelva, Valencia, Almería… Que te imputen un delito contra los derechos de los trabajadores jode, aunque sea sólo por el nombre. Ya no se trataba de dificultar la solidaridad, sino de hacértela pagar. No los subas a tu coche, no les des cobijo en casa. O acabas en la misma mafia que los tiburones, los diabólicos patrones de las pateras que arrojaban al mar su carga humana a la menor señal de peligro. -¿No lo sabes? Que los moros son mala gente. Los subsaharianos no, pobrecitos, que los traen engañados. Porque aquí a los negros empezaron a llamarlos subsaharianos, que debe ser la variante local de afroamericano.

El SIVE y la sirga tridimensional, qué avances, quillo. ¿Has visto lo que hace la sirga esa con la piel humana? Bueno, con la de los moros. Ah, y los acuerdos de colaboración con el Reino de Marruecos. Que, aprovechando que el régimen no se detiene ante derechos humanos y demás mariconadas, subcontratamos con ellos el trabajo sucio y echamos la frontera unos cientos de kilómetros más al sur. Si para la Europa desarrollada, África empezaba en los Pirineos, para miles de migrantes africanos la frontera europea empieza en el norte de Marruecos. Una frontera curiosa que a veces empuja hacia el norte, a tiros, a los mismos que retiene durante meses en campamentos improvisados y desprovistos. Avalancha, llaman a eso. Escaleras hechas con ramas para huir del hostigamiento de los gendarmes a través de la sirga, aunque no esté claro quién atraviesa a quién.

SIVE, mafia, patera, náufrago, mojaíto, ilegal, clandestino, Centro de Internamiento, tiburón, sirga, valla, avalancha, Estrecho, subsahariano, moro… Son elementos de un vocabulario de frontera que es cualquier cosa menos inocente. Porque las palabras tienen la costumbre de significar. Y lo que significan a menudo se traduce en cosas que no eres consciente de decir, pero las dices. Por ejemplo, la diferencia entre patera y cayuco, que no encontrarás en ningún diccionario, son 100 kilómetros más de navegación por la ruta más corta.

Qué jodías, las palabras.


Sobre el uso político de las palabras recomiendo el libro de Victor Klemperer LTI. La lengua del Tercer Reich. No es un texto filológico, sino notas del diario de un profesor universitario judío en la inhóspita Alemania nazi. Paralelamente a su caída en desgracia y al proceso por el que se le despojaba de todo (su trabajo, sus libros, su dignidad…) comenta ese otro proceso, de nazificación del lenguaje, por el que las palabras ven desplazado su significado cotidiano por otro más acorde a las necesidades del régimen.

 

Si alguien dice una y otra vez ‘fanático’ en vez de ‘heroico’ y ‘virtuoso’, creerá finalmente que, en efecto un fanático es un héroe virtuoso y que sin fanatismo no se puede ser héroe. Las palabras ‘fanático’ y ‘fanatismo’ no fueron inventadas por el Tercer Reich; éste sólo modificó su valor y las utilizaba más en un solo día qué otras épocas en varios años.

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