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Por qué hay que hacer ESTA huelga

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Faltan dos días para la huelga general, y a estas alturas ya se ha argumentado bastante sobre las razones por las que es necesario secundarla. No pretendo con este texto añadir ningún razonamiento nuevo, sino sintetizar algunos de los que a lo largo de estas semanas me han ido convenciendo, por si sirve para despejar las dudas que alguno aún pueda tener.

Porque este camino sólo lleva al desastre.

Desde que comenzó la crisis los gobiernos de PSOE y PP han iniciado una serie de medidas mal llamadas de ajuste  supuestamente orientadas a evitar la recesión, estimular la creación de empleo y garantizar los servicios sociales básicos. Curiosamente los efectos de esas medidas han sido caer en la recesión, aumento galopante del paro y la paulatina desaparición de los servicios sociales. Economistas como Vicenç Navarro ya han alertado que estos efectos son producto precisamente de esas medidas, y que lejos de suponer un ajuste puntual necesario pretenden un cambio de régimen económico basado en la precariedad del trabajador y la debilidad de los Estados frente a los intereses económicos de la banca y la gran empresa.

Occidente ya atravesó durante el SXX otras dos grandes recesiones: la Gran Depresión de los años 30 en EEUU y el periodo tras la Segunda Guerra Mundial en Europa. De las dos se salió gracias a un fuerte incremento del gasto público dirigido a mejorar la capacidad de consumo y las condiciones laborales de los trabajadores (New Deal y Plan Marshall, respectivamente).

Es decir: conocemos casos de éxito de políticas diferentes en situaciones idénticas. ¿Por qué no se están aplicando? La respuesta evidente es que no se aplican porque no se desea solucionar el problema, sino aprovecharlo para imponer un cambio de régimen económico y social.

Porque no nos podemos permitir un sólo paso atrás.

En España hemos alcanzado una media de 500 desahucios diarios. 350.000 familias han perdido sus viviendas desde 2008, y se estima que otras 200.000 están a la espera de que se ejecute la orden. El plazo de tiempo entre pérdida del empleo y pérdida de la vivienda se ha calculado en unos tres años (1 de subsidio de paro y dos de trámites legales). Los desahuciados de hoy son los que perdieron su empleo en 2009, cuando el índice de paro era del 15%. Hoy es del 25%.

Menciono estos datos porque corresponden a una situación extrema. Las familias recortan gastos de donde sea antes que dejar de pagar la hipoteca. Los jueces hablan de morosos de buena voluntad: familias que quieren pagar sus deudas, pero no pueden hacerlo. Aún así, se les está dejando en la calle. ¿Cuánto más debe empeorar la situación para que algunos se den por aludidos? En los últimos días, PP y PSOE han puesto en escena su voluntad de poner freno a los desahucios, pero… ¿debemos confiar en su voluntad de hacerlo, teniendo en cuenta que hasta ahora han tumbado al menos 10 propuestas parlamentarias orientadas precisamente a conseguirlo? O simplemente están haciendo el paripé ante la alarma social causada por los recientes casos de suicidio motivados por estas situaciones.

No podemos permitir que la situación se siga deteriorando. Es responsabilidad de todos aprovechar esta ocasión de hacer ver nuestra fuerza como colectivo.

Porque, antes o después, estos cambios no se podrán imponer sin violencia.

Tras el éxito de anteriores movilizaciones de protesta el Gobierno ha empezado a amenazar a los ciudadanos menos mansos: limitación del derecho de huelga, reforma del código penal para castigar a los convocantes, imposición de tasas abusivas a quienes recurran actos del Gobierno… Se trata de ataques al derecho de participación y autodefensa de los ciudadanos que no pueden quedar sin respuesta porque de lo contrario irán a más. Por decirlo de manera suave, el compromiso neoliberal con la democracia no es tan fuerte como debería. América latina tiene buenas pruebas de ello. Si la ciudadanía no hace ver su fuerza (esto es, su número y su unidad) estamos alentando una involución democrática que nos dejará cada vez más desarmados frente al poder económico. Está en juego algo más que nuestra calidad de vida (que también), están en juego nuestros derechos democráticos.

Porque puede marcar la diferencia en toda Europa.

A diferencia de otras, esta es una huelga que se convoca simultáneamente en 5 países europeos particularmente castigados por los ajustes impuestos por el neoliberalismo rampante (España, Portugal, Italia, Grecia y Bélgica). Esta huelga no es sólo un mensaje a nuestro gobierno: es un aviso a la jerarquía económica europea, corresponsable de la irregular distribución de los efectos de una crisis que está generalizando la pobreza para acrecentar la riqueza de unos pocos.

Porque la movilización social sí sirve de algo.

Los medios de comunicación tradicionales, tan obedientes siempre a quienes les pagan, suelen reaccionar de distintas maneras ante las convocatorias de huelga general. En la última optaron por atacar a los sindicatos buscando desunir a los trabajadores mediante el descrédito de sus representantes. Esta vez en cambio la estrategia parece orientada a lograr que cunda el desánimo: o se ningunea la convocatoria o se minimiza la eficacia de las movilizaciones sociales. Pero la experiencia nos dice justo lo contrario: una huelga general con un seguimiento masivo es una herramienta eficaz para frenar políticas antisociales. Lo que no debemos es confundir la finalidad de una huelga. No es su función solucionar problemas (para eso están los políticos) sino trazar líneas rojas y decir por aquí no.

Porque las excusas para no hacerla cada vez se sostienen menos.

No recuerdo haber oído en la calle a nadie que diga que no hace huelga porque confía en la eficacia de los recortes para salir de la recesión. He oído muchas cosas: que la pérdida de derechos es inevitable, como la lluvia o la gripe (lo inevitable es que la situación empeore aún más si continúan estas políticas); que no hay que hacer el juego a los sindicatos, pendientes de sus propios intereses (la crítica a los sindicatos habrá que hacerla cuando toque, ahora lo que están en juego son nuestros derechos, muchos de ellos por cierto conseguidos en mesas de negociación o mediante movilizaciones sindicales); que no quieren regalar al patrón el día de paga (pero sí tus derechos laborales); que no pueden permitirse no cobrar un día (lo que no puedes permitirte es no demostrar que tu día de trabajo es valioso); que temen represalias por parte de la empresa (¡llama a un piquete!)…

Pero en general ninguna es otra cosa que una excusa, un argumento banal y oportunista con el que explicar por qué no hiciste lo que sabías que había que hacer. Yo prefiero enseñarle a mi hijo que cuando uno sabe lo que tiene que hacer, lo correcto es hacerlo.


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