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Dos días en la piel de un antidisturbios

Cuando preparas un tipo para Carnaval preparas algo más que una indumentaria: eliges un punto de vista. Si vas de puta vas a tener que vender tu culo, al menos en sentido figurado. De lo que puedes estar seguro es de que te lo pedirán. Así que cuando este año elegimos el de antidisturbios sabíamos que era lo más punk que habíamos hecho en mucho tiempo. Que nos insultarían, nos escupirían, nos tendrían miedo y, manda huevos, sólo íbamos a caer bien a los que nos caen mal.

 

Así que nos echamos a la calle con toda la parafernalia y los ojos abiertos. Y esto es lo que aprendimos:

  1. La peña está más que dispuesta a sacarle las tripas a quien no se defiende. Vale, nos insultaron, pero mucho menos de lo que nos esperábamos. Hasta habíamos ensayado una maniobra de retirada, por si las cosas se ponían feas, que no tuvimos ocasión de poner en práctica. En cambio al pobre Martínez le dieron por todos lados, los niños con más insistencia que nadie. Si os preguntabais de dónde salen quienes apalean a sus conciudadanos con tanta saña, ya lo sabéis: salen de vuestra calle, de vuestra casa, sois vosotros y vuestros hijos.
  2. A algunos hay que explicárselo todo. ¿Pero estáis a favor o en contra? Una señora nos animaba a ‘darle más al de la marea verde‘. No le escupí porque llevaba la visera bajada y me hubiera salpicado las gafas. Una amiga se acercó con toda la cautela del mundo y una curiosa mezcla de emociones: ‘Ah, si sois vosotros está bien‘.
  3. A las tías no les ponen los uniformes. A los tíos, sí. A las tías, en Carnaval, lo que les pone son otras tías (de verdad o de mentira). Los tíos en cambio pierden la vergüenza ante un uniforme. Cuanto más hetero, más la pierde.
  4. Hay dos clases de disfraz femenino: el que tiene como principal objetivo estar monísimas y el que tiene como principal objetivo no estar monísimas. Con cualquiera de los dos tienen las mismas oportunidades de pasárselo pipa, pero puede que de formas muy diferentes.
  5. El Carnaval ha dilapidado lamentablemente su potencial político. Dice Luis Labajo que dice noséquién que el Carnaval es ‘el ensayo general para la revolución‘. La interpretación más habitual es la contraria, que sirve como placebo, algo que se parece a una revolución lo justo para quitarnos el gusanillo de una de verdad. Los primeros Carnavales que vivimos, una vez levantada la prohibición impuesta por el franquismo, eran en sí un acto de afirmación política. Eso se ha ido perdiendo hasta llenarlo todo de jipis, gatitas, bebés y disfraces del chino.
  6. Como fuerzas ficticias del orden fuimos mucho más eficaces socorriendo un desmayo que separando una pelea, reales ambos. Al final se impone lo obvio: que los servicios que necesitamos son los asistenciales y no los de represión.

En fin, este es nuestro informe de servicio, que en las películas americanas hemos visto que hay que hacerlo bien o el teniente te echa una bronca.

Que haya salud.

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