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Adolfo Suárez, un arribista que se dignificó como presidente

Si queréis una semblanza de Suárez menos Disney que las que están dando en las teles…

Sin otra cualificación profesional que una mediocre licenciatura en Derecho, supo aproximarse a personajes del régimen que le proporcionaron, primero, medios de vida y, luego, el acceso a cargos políticos de cierta importancia (gobernador civil, procurador en Cortes, director general de RTVE). La carrera del arribista culmina cuando, a la muerte del dictador, es nombrado ministro secretario general del Movimiento, es decir, ministro del partido único que, a la altura de 1975, era un cascarón sin nada dentro.

Pero ese arribista llega a la Presidencia del Gobierno por decisión del rey y, en connivencia con el monarca y con Torcuato Fernández-Miranda (que a la muerte del dictador prefirió presidir las Cortes que el Gobierno) diseña y ejecuta una política de salida de la dictadura con la que conecta con la oposición democrática.

El terceto formado por el rey, Fernández-Miranda y Suárez (a los que luego se unió Gutiérrez Mellado), en negociación cada vez más pública con la oposición democrática, hizo aprobar en las Cortes de la dictadura la Ley de Reforma Política que creó el marco normativo para celebrar elecciones democráticas y, al tiempo, legalizó partidos y sindicatos y se implicó especialmente con el Partido Comunista de España. Porque con los comunistas no sólo se arriesgó con su legalización (una operación inteligente cuyo eventual riesgo sólo se entiende por el fanatismo de los altos mandos militares de la época), sino que también propició la detención de los asesinos fascistas de la matanza de Atocha. El tema no es baladí porque otro presidente no se habría implicado en la persecución de los asesinos.

Con el motor del cambio democrático funcionando a muchas revoluciones, era muy difícil que Suárez se retirara cuando se iban a celebrar las elecciones de 1977. No lo hizo pero no fue capaz de crear un partido que le fuera fiel. Montó un partido de retales donde la ambición predominaba sobre la inteligencia política cuyos dirigentes quisieron desde muy pronto escorarle a la derecha (cuando él ya se había convertido en un político centrista) y, además, desplazarle.

vía Adolfo Suárez, un arribista que se dignificó como presidente.

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