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NFT. Qué son y por qué no me gustan

En el 2000 tuve acceso por primera vez a un ordenador. Acceso en el sentido de poder disponer de él el tiempo suficiente para aprender a sacarle partido. Desde el primer momento, mi principal objetivo fue destinarlo a la creación de imágenes. En estos 20 años largos he generado un buen montón de ellas, algunas de las cuales se han expuesto en centros de arte, museos y salas en muestras dedicadas total o parcialmente al arte digital. Rara vez he hecho dinero con ellas.

Así que la aparición de los NFT asociados al arte digital debería haberme parecido una buena idea: la posibilidad de certificar la autoría y de obtener algún ingreso a cambio de algo que, hasta ahora, no había encontrado un mercado sostenible estaba llamando la atención de muchos autores. Pero por otro lado yo tenía una opinión formada contra las criptomonedas y el blockchain que me inclinaba a obrar con cautela.

A lo largo de los últimos meses he tratado de definir mi postura al respecto y, dada la curiosidad que despierta el tema y lo opaca que es a veces la información disponible, voy a tratar de ponerla por escrito de la manera más comprensible que pueda. Este texto se ha redactado pensando en un público poco informado sobre el asunto, o que estando más o menos informado no acaba de entender qué suponen los NFT asociados al arte digital.

NFT. ¿Qué son?

NFT es acrónimo de Non Fungible Token, que se traduce como ‘token no fungible’. Ya empezamos. Ahora es cuando tenemos que definir token y fungible, que son términos que tienen significados específicos en este contexto.

En el sentido que nos ocupa, un token es una unidad de valor que sustituye al dinero. Una ficha de casino, por ejemplo, es un token. Un vale es un token. En algunos videojuegos puedes ganar tokens con los que adquirir bienes dentro del propio juego.

En cuanto a fungible, el sinónimo más adecuado (aunque inexacto) que se me ocurre es ‘intercambiable’. El dinero es absolutamente intercambiable, y por tanto absolutamente fungible. Un euro vale exactamente igual que cualquier otro euro, y por tanto es intercambiable por él. Si cambio diez monedas de un euro por un billete de diez, no he ganado ni perdido nada. Un bien no fungible es, por el contrario, aquel que es único y no puede ser intercambiado automáticamente por otro.

Un token no fungible sería, según lo anterior, un bien único que representa un valor monetario.

Puede parecer novedoso, pero es exactamente a lo que juega el mercado del arte y del coleccionismo desde hace mucho. Vender y comprar objetos únicos que (presumiblemente) adquirirán un valor mayor con el tiempo y podrán venderse con ganancia, o retenerse como prueba de estatus económico o social.

La novedad consiste en otorgar ese carácter único a piezas digitales, que por naturaleza son infinitamente reproducibles (y por tanto fungibles), y vincularlo a ellas a través de una tecnología llamada blockchain. Como consecuencia de esto último, el valor que representa el bien en cuestión no es una moneda nacional al uso, sino una criptomoneda (por lo general, Ethereum).

Como ves, acabamos de introducir otros dos términos que habrá que definir. Parte del aura de complejidad que rodea todo este asunto es el empleo de una jerga propia que obliga a definir conceptos a cada párrafo. Trataré de hacerlo sólo con los imprescindibles, porque muchos sólo están ahí para crear un lenguaje de tribu.

Blockchain es un sistema de registro de asientos contables. En la economía real, si Fulano compra a Mengano un paquete de folios para su empresa, anotará la compra en su libro de caja; Mengano anotará la venta en su propio libro; y si la compra no se produce en efectivo, sino mediante tarjeta de crédito, las respectivas entidades bancarias de cada uno harán lo propio en sus sistemas de registro. La operación ha generado asientos contables en, al menos, cuatro libros de caja (o lo que sea que usen los bancos).

Blockchain es algo parecido a un libro de caja online, distribuído entre todos sus usuarios. Esto es una enorme simplificación, pero por el momento nos va a valer. Sólo un detalle más: blockchain puede alojar cualquier tipo de información, no sólo asientos contables. En el caso de los NFT se emplea para certificar la autoría (o el origen) del artículo en venta. Lo que en el mercado tradicional del arte se llama certificado de autenticidad.

Por su parte, las criptomonedas son un invento del anarcocapitalismo que tiene el propósito de eludir los controles de los estados y la banca. Son monedas no respaldadas por un Banco Central, sino por un algoritmo y una comunidad de usuarios. Esto, de nuevo, es una descripción muy somera, pero también nos vamos a conformar con ella por el momento.

Con estas aclaraciones podemos intentar de nuevo definir la cosa: un NFT es un artículo digital único cuya autenticidad puede verificarse a través de blockchain, y que puede adquirirse y venderse en criptomonedas.

¿Qué diferencia supone ofrecer una obra digital como NFT?

Una característica esencial de las obras digitales es que pueden ser copiadas infinitas veces sin merma de calidad. Si yo produzco una pieza, la exporto en formato de vídeo y la envío por email a 100 contactos, cada uno de ellos tiene una copia idéntica al original. No hay modo de diferenciar el original de la copia. Esto ha sido siempre un inconveniente a la hora de comercializar piezas digitales. ¿Qué aliciente se le ofrece al coleccionista para gastar dinero en una obra de la que pueden existir innumerables copias idénticas? Si quisiera volver a venderla, ésta se habría depreciado al multiplicarse el número de copias disponibles.

El mercado del arte (sobre todo el secundario, el que se produce entre coleccionistas) se basa en la escasez, en el caracter único de un número limitado de obras singulares. La posibilidad de registrar la autenticidad de una de esas copias digitales le confiere un valor que antes no tenía en ese mercado. La copia designada como original tiene ahora un añadido: un registro en una blockchain que equivale a un certificado de autenticidad.

Esto crea una economía de la escasez para las obras digitales parecida a la que opera en el mercado tradicional del arte.

Por otra parte, la posibilidad de certificar la autenticidad de un archivo digital debería ayudar a los autores a preservar sus derechos sobre la obra, limitando (teóricamente) la posibilidad de alteraciones no deseadas y falsificaciones, o garantizando al creador un porcentaje del precio de reventa.

¿Cuál es el procedimiento?

Un artista que quiera poner a la venta su obra como NFT podrá elegir entre una amplia variedad de plataformas de venta, cada cual con su propio procedimiento, pero hay algunos comunes a la mayoría:

  1. Crear una cuenta en algún servicio de intercambio de criptodivisas y cambiar euros por criptomonedas. La más extendida es Ethereum. Necesitas comprar criptomonedas porque poner tus obras a la venta tiene un coste.
  2. Instalar una cartera de criptomonedas (crypto wallet) que servirá para gestionar tus compras y ventas. Transferir a ella algo de efectivo.
  3. Crear una cuenta de usuario en una plataforma de ventas (marketplace) y conectar a ella tu cartera.
  4. En ese momento puedes publicar tus archivos digitales y ponerlos a la venta (minting).

Los compradores también necesitan efectivo en criptodivisas, una cartera y una cuenta de usuario. Una vez realizada la compra, reciben instrucciones sobre cómo obtener la obra (a menudo un simple enlace a un archivo digital o a una página de descarga).

Los iniciados pondrán muchos peros a esta lista de pasos, pero este artículo no está escrito pensando en los iniciados.

¿Por qué no me gusta?

Criptomonedas.

Como experimento teórico, la creación de una moneda digital gobernada por un algoritmo podría resultar atractiva. En la práctica se han convertido en un juguetito del hipercapitalismo cuyo principal atractivo es su volatilidad: la enorme fluctuación de su valor ofrece la posibilidad de comprarlas baratas (si tienes suerte y llegas en el momento oportuno) y venderlas caras (de nuevo dependiendo de tu suerte).

Algunas de sus promesas más atractivas han quedado sin cumplir: la descentralización prometida no es real (no hay más que mirar los nombres detrás de las marcas); su inestabilidad las vuelven inoperantes en la economía real; las transacciones son lentas e ineficaces por diseño…  y hay voces autorizadas que alertan de que Bitcoin (y la acusación puede aplicarse al resto) puede ser una gigantesca estafa piramidal.

No hay mercado NFT al margen de ellas. No puedes comprar en euros, dólares o rupias. De hecho apenas puedes elegir qué criptomoneda quieres usar, puesto que cada marketplace acepta un número muy limitado de ellas.

Cualquier actividad comercial que me obligue a emplear criptodivisas, ya empieza mal.

Blockchain.

Antes hemos definido blockchain como un libro de registro online, con la advertencia de que se trataba de una enorme simplificación. Hay muchísima información disponible sobre qué es y cómo funciona, y pretendo no extender este texto más allá de lo razonable, así que no voy a entrar mucho más en detalle, pero hay algunos aspectos que sí es importante comprender:

  • Las blockchains son bases de datos distribuidas entre una comunidad de usuarios. No hay un registro centralizado, sino que copias de fragmentos de ese registro se distribuyen entre todos sus usuarios.
  • El registro está dividido en bloques, cada uno de ellos vinculado al bloque anterior y posterior por un código indescifrable. En cada bloque se escribe cierto número de registros.
  • Para añadir un bloque a la blockchain, la comunidad de usuarios debe validar la operación de manera automática mediante un algoritmo que determina si el bloque es válido (entre otros aspectos, si los mencionados códigos son correctos).
  • Una vez validado, el bloque se añade de forma indeleble.

En los dos últimos puntos está el gran ‘pero’ del asunto.

El algoritmo de validación. Las principales criptomonedas emplean para validar la escritura de bloques un algoritmo llamado Proof of Work (PoW). Este consiste en realizar una serie de operaciones redundantes destinadas a disparar el consumo de energía de quien pretende validar un bloque. Al tratarse de una base de datos distribuida, no habrá un único usuario pretendiendo validarlo, sino un buen número de ellos. ¿Cómo se consigue que un montón de usuarios estén dispuestos a correr con ese gasto eléctrico? Premiando al primero que consigue validar un bloque con una recompensa en criptomoneda. A esto se le llama ‘minar’. No olvidemos que sólo el primero consigue la recompensa: los demás habrán estado minando (y consumiendo electricidad) en vano.

Esto deriva en un consumo eléctrico desproporcionado (sólo Bitcoin consume el 1% de la energía eléctrica mundial, más que Argentina o Bélgica; Ethereum consumió el año pasado un tercio de esa cantidad, pero el auge de los NFT probablemente catapulte su gasto energético).

Los defensores del sistema afirman que la mayor parte de esa electricidad procede de fuentes renovables, obviando que están tensando un sistema ya saturado, y que si acaparan la energía limpia otros usuarios se verán desplazados hacia las que no lo son.

Hay movimientos hacia la adopción de un algoritmo mucho menos demandante de energía, el llamado Proof of Stake (PoS), pero ni las monedas que lo emplean logran despegar ni las que han anunciado su intención de adoptarlo terminan de dar el paso. ¿El motivo? PoS es menos seguro de PoW. El consumo eléctrico es exagerado por diseño. Forma parte del propio concepto de blockchain: es una garantía de que a nadie le salga a cuenta tratar de alterar los registros debido al enorme gasto que supondría.

El registro indeleble. Hace diez o doce párrafos escribí que los NFT deberían “ayudar a los autores a preservar sus derechos sobre la obra, limitando (teóricamente) la posibilidad de alteraciones no deseadas y falsificaciones”. ¿Os fijasteis en ese ‘teóricamente’ entre paréntesis? Pues vamos a él.

Cuando un bloque se inserta en una blockchain, y más bloques detrás de él, se considera indeleble. No puede modificarse. Los registros que figuren en él quedan fijados a perpetuidad. Si en uno de esos bloques he certificado que soy autor de una obra determinada, ahí queda para los restos. Pero ¿y si alguien se me ha adelantado, ha descargado una obra mía de mi web y la ha registrado en un marketplace como propia? Pues lo mismo: que ese registro indeleble le atribuirá al ladrón mi obra sin que pueda ser corregido.

No es una posibilidad teórica, pasa todos los días. Hay bots recorriendo los repositorios de imágenes, descargándolas por cientos, registrándolas y poniéndolas a la venta sin permiso de sus autores. Es algo tan común que DeviantArt (un almacén de imágenes digitales muy popular) ha desarrollado y puesto a disposición de sus artistas una herramienta para detectar esos casos, y son una sangría.

Las soluciones propuestas desde los marketplaces son poco satisfactorias, pero hay una particularmente irritante: que eso no pasaría si las registrásemos antes. Es decir, que ni siquiera se nos reconoce nuestro derecho a no participar en el juego.

La fiebre del oro

Es cierto, muchos artistas digitales, algunos muy buenos, han encontrado por fin la oportunidad de hacer dinero con su obra. Algunos, mucho dinero. Los medios han soplado mucho aire en la burbuja subrayando en titulares las ventas millonarias de unos pocos. La retórica del asunto habla de descentralización, de un nuevo arte que se desarrolla fuera del control de las instituciones. Y sí, es probable que haya algo de eso en alguna parte, pero para encontrarlo tendrás que apartar carretadas de basura.

Basta echar un vistazo a las obras alojadas en los principales marketplaces para comprobar la asombrosa ramplonería de la mayoría de ellas. La red ha descubierto un nuevo Yukón y ha sucumbido a otra fiebre del oro. Y al igual que en las montañas de Klondike, la mayor parte de lo que hay es pirita, el oro de los tontos.

Y es que, si bien llama la atención que algunos artistas o ilustradores hayan pasado de vender sus piezas por debajo de 100 dólares a hacerlo en cientos de miles, lo cierto es que la inmensa mayoría de la obra puesta a la venta permanece sin vender o se salda por cantidades irrisorias.

Está por ver si la mayoría de los compradores verán cumplida la promesa de poder vender sus NFT en un futuro con la ganancia prometida, o si acabarán poseyendo sólo basura digital imposible de rentabilizar. Por supuesto, todos confían en poder vender antes de que la cosa se desplome, pero no antes de que su inversión se rentabilice.

De hecho el actual auge de dicha moneda está ligado a la necesidad de adquirirla para entrar en el mercado de NFTs. ¿Qué ocurrirá cuando los usuarios quieran recuperar su inversión? Más: ¿qué ocurrirá si un número crítico de usuarios decide vender a la vez, por ejemplo en la próxima crisis?

La tokenización de todo

Una de las características de esta fase psicótica del capitalismo es que necesita generar burbujas constantemente. Quienes las generan obtienen enormes beneficios a costa de arrasar sectores enteros. Que la gran burbuja criptomonetaria haya engullido a los medios de expresión digitales no vaticina nada bueno. Peor aún: cuando el mercado de coleccionables digitales se sature, buscará otros campos que ocupar (otros bienes que tokenizar). La imagen generalizada de eso que llaman Metaverso se basa en la virtualización de las relaciones humanas (sí, las laborales también). Su imagen publicitaria nos convierte a todos en avatares en un videojuego inmersivo. Lo que no se menciona tanto es la imbricación de los NFT, y por tanto de las blockchains, en esa virtualización, lo que supone un aumento exponencial de los problemas mencionados alrededor de ambas tecnologías.

Ni como artista ni como ciudadano me interesa participar en ese proceso. Habrá que preguntarse a quién sí.

En resumen

  • Los NFT surgieron con la función (entre otras) de proteger a los creadores digitales y procurarles una vía de ingresos proporcionando incentivos al coleccionismo. En la práctica, han alterado el ecosistema de la creación digital incorporándola al capitalismo especulativo.
  • Esto, por una parte, está financiando a algunos buenos artistas, pero también ha atraído a una horda de oportunistas.
  • El coste ecológico de las tecnologías involucradas es insostenible.
  • El principal efecto de la aparición de los NFT ha sido propiciar la venta de criptomonedas para inflar lo que algunos interpretan como estafa piramidal.
  • La tokenización del arte podría formar parte de un proceso que pretende redefinir el contrato social.

Ha intentado redactar un texto comprensible con intención divulgativa, rehuyendo la jerga y evitando entrar en demasiado detalle. En él explico la que es mi posición actual sobre un asunto en rapidísima evolución. Hay muchos con puntos de vista radicalmente divergentes, que no me han convencido, y otros tantos con los que coincido en algunos aspectos. La mía no es una opinión ni original ni excéntrica, pero tampoco improvisada. Me sirve a mí, y espero que también a algún otro lector curioso.

Incluyo abajo una serie de enlaces que me han resultado útiles, para quienes quieran profundizar. El asunto es tan apasionante como preocupante, en mi opinión.

Enlaces de interés

Sobre NFTs en general

Sobre la cuestión ecológica

NFTs y mercado artístico

Viabilidad de las criptomonedas

Qué dicen (algunos) artistas

NFT + metaverso

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